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Testimonio
Maria Vallejo-Nágera

Vivir en Londres suponía un gran alivio mientras la guerra devastaba a una
pobre Bosnia herida de muerte.
Recuerdo que me sentía muy segura y bendecida mientras miraba horrorizada los
documentales y Noticieros en los que informaban sobre la magnitud de la violencia de
esa humana carnicería.
“Estamos tan lejos del peligro…”, pensaba con alivio mientras observaba mis dos
pequeñas gemelas jugando en nuestro hogar londinense.
Como española, había oído muchas veces en mi niñez relatar a mis padres los
acontecimientos criminales que tuvieron lugar en mi país durante la guerra Civil.
Ambos eran niños pequeños cuando el odio, la sangre y la ira arrasaron España, pero
ajena en el tiempo, no me daba cuenta de la envergadura de sus escalofriantes relatos.
Mi padre solía repetir: “pasé hambre durante tantos meses… Por ello no soporto cuando
tú, mi hija, dejas un solo pedacito de comida en el plato. ¡Si sólo supieras lo que es una
guerra no lo harías! Si hubieses padecido hambre de verdad, no rechazarías ni una
migaja de pan.”
Me quedó claro desde entonces que había sido realmente bendecida en mi vida por no
haber tenido que padecer semejante infierno, y por ello, cuando me enteré de los
brutales acontecimientos que se estaban produciendo en ex-Yugoslavia, sabía que
nuevamente había sido protegida por el amor de Dios de un modo inconmensurable.
El mundo observaba vergonzosamente silencioso el conflicto, y por ello, me quedé
positivamente sorprendida cuando dos de mis mejores amigas me comunicaron que
estaban planificando emprender un viaje a un pequeño y perdido pueblo llamado
Medjugorje en las montañas de Bosnia-Herzegovina. “¿Estáis locas?”, les pregunté con
cara de espanto mientras disfrutábamos un almuerzo en un restaurante de moda en
Londres. “¡Ese país está en guerra!” , les amonesté.
“Sí, lo se” contestó una de ellas. “Pero precisamente donde vamos no ha pasado
realmente nada, de momento…”
“¿Como es posible?” pregunté incrédula. “Todo ha sido arrasado a causa de los
bombardeos en esa zona. Ayer los serbios explotaron el maravilloso puente de Mostar”.
Entonces ambas comenzaron a relatarme con gran entusiasmo todo lo que conocían
sobre los acontecimientos de Medjugorje: lo que sabían sobre las supuestas apariciones
que habían tenido lugar durante tanto tiempo; me hablaron hasta aburrirme sobre los
jóvenes y testarudos videntes que insistían una y otra vez en que veían a Nuestra
Señora; me describieron los milagros producidos en ese pequeño pueblito que la ciencia
de los militares comunistas nunca pudieron explicar científicamente. Me hablaron del
muy famoso padre Jozo, párroco del pueblo, que soportó estoicamente las torturas
físicas y psíquicas a las que le sometió la milicia del régimen de Tito cuando
comenzaron las supuestas apariciones…
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“Estamos decididas a ir allí”, me insistieron una y otra vez a pesar de mis peticiones a
que recobraran el juicio extraviado.
“¿Para qué?” exclamé al fin muy turbada. “¿Es que os habéis convertido en dos
ingenuas ridículas que juegan a ser heroínas en un infierno sin solución? ¡Os van a
pegar un tiro por inconscientes! ¡Vais a cometer una terrible insensatez!”
“Pero sólo queremos rezar allí…”, contestaban tímidamente y con cierto sonrojo.
“ ¡Por favor: podéis rezar aquí, en Londres, donde no hay guerras y donde podéis
encontrar iglesias en todas partes!”
Tengo que admitir que entonces, aunque me hubiese considerado católica toda mi vida,
mi fe era tibia. Se me podría haber definido como “católica social”, mostrando siempre
hastío durante el santo oficio de la misa, no comprendiendo realmente muchas de sus
partes y procurando asiduamente escaparme de la dominical visita a la Iglesia.
Mis padres me habían criado en un ambiente católico, los colegios a los que acudí eran
católicos, pero no había una sensación real de la presencia de Dios en mi corazón.
Había ausencia del amor hacia Cristo en mi vida. Dios Padre era un gran desconocido
para mí, un amigo que sabía que existía pero a quien aún nadie me había presentado
debidamente.
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